Edison y su fonógrafo.

El hombre.

 

Thomas Alva Edison fue un personaje poco común. Con una infancia difícil en una época convulsa, maltratado por su padre, sin estudios formales, trabajando desde los 12 años, con una sordera acusada, supo luchar con tesón, sobreponerse a las dificultades y avanzar siempre. Fue ocasional editor, telegrafista trashumante y electricista a tiempo parcial. Pero luego, cuando se centró en la investigación y acabó poniendo en marcha su (al principio) modesto laboratorio, acabó por levantar un pequeño imperio tecnológico y comercial.

Sus contribuciones en los campos de la acústica, las comunicaciones, la óptica, la electricidad y la mecánica fueron determinantes para el progreso de la época. 

 

Le debemos a su genio, a su inventiva y a su constancia la bombilla incandescente, la electrificación de las ciudades, la mejora del telégrafo, el kinetoscopio (el origen del cine), la telefonía práctica y un largo etcétera. Durante su vida adulta consiguió más de 1000 patentes, desde la “pluma eléctrica” hasta el mimeógrafo (una máquina copiadora), pasando por medidores de sonido, cables submarinos, alarmas, sondas o pinturas de camuflaje.

Después de haber asistido a una profunda transformación de la sociedad y la economía de su tiempo, la fiebre de oro, la abolición de la esclavitud, el canal de Suez, la Guerra de Secesión, la I Guerra Mundial, le revolución rusa, muere en 1931 a los 84 años, sin haberse jubilado nunca.

 

  

El descubrimiento.

Pero lo que nos trae aquí es su fonógrafo, el primer aparato capaz de grabar y reproducir sonidos de la historia. Obtuvo la idea mientras trabajaba en un sistema telegráfico, al observar una correlación entre el movimiento de un tambor con perforaciones y el sonido asociado a su giro.

El caso es que Edison, que por aquel entonces no había desarrollado todavía el genio comercial que también llevaba dentro, no fue capaz de anticipar la revolución que su descubrimiento traería, y durante más de 10 años dejó languidecer el aparato, al que consideraba sólo una curiosidad científica. Patentó el invento en 1878 y lo dejó dormir.  

Cuando arranca de nuevo, a pesar de su idea preconcebida de dar un uso sólo profesional a la máquina (como dictáfono en oficinas), la demanda para entretenimiento y reproducción de música le hace cambiar de opinión, y pronto se da cuenta de que el negocio, además de en la venta de las máquinas, se encuentra en la venta de la música. Comienza una carrera para hacerse con los derechos de reproducción de los cantantes e intérpretes del momento, perfecciona el aparato, asiste a ferias y establece una red de distribución extensa. Su fonógrafo se convierte en un éxito internacional, mientras libra durísimas batallas legales con competidores, empleados deshonestos e incluso alguno de sus propios abogados, que le traiciona.

 

El Fonógrafo.

El primer aparato es muy simple: Un tambor movido a mano forrado de estaño, y una bocina al extremo de la cual se dispone un diafragma con aguja.

Al tener rosca el eje sobre el que se instala el cilindro, el giro produce un desplazamiento lateral continuo, de tal forma que el surco impreso se va desarrollando en forma de espiral hasta el final de la lámina.

Al hablar frente a la bocina, las ondas sonoras mueven el diafragma. La aguja graba las oscilaciones en la lámina, y se produce el registro.

El procedimiento inverso reproduce lo grabado: al hacer girar el tambor con la aguja apoyada sobre el surco, las oscilaciones impresas en el mismo hacen moverse al diafragma, produciendo ondas sonoras que la bocina amplifica para hacerlas audibles. Milagro.

La prueba, privada y discreta, efectuada al poco del descubrimiento frente a sus colaboradores más próximos, casi los mata del susto.

 

 

Los modelos comerciales.

Edison produjo una variedad de versiones de su máquina parlante, y pulió y mejoró constantemente sus modelos. Todos los Edison comparten sin embargo una similar arquitectura, con el motor oculto en la parte interior de la caja, la plataforma arriba, una tapa con asa, y la trompeta separable. La calidad y robustez de los mecanismos es muy buena. El funcionamiento es suave y potente, y la limpieza del sonido magnífica.

 

 

El mecanismo se basa en un barrilete de cuerda que aporta la fuerza a partir de un enérgico fleje de acero. Viene después un tren de rodaje de piñones metálicos que culmina en un regulador de velocidad centrífugo. Hay una toma de fuerza para el giro del mandril sobre el que se inserta el cilindro, y una derivación para proporcionar el movimiento de avance al conjunto del reproductor. Las cajas son de roble americano. Los reproductores van montados en cápsula de acero, con diafragma de cobre corrugado y estilete de diamante con la punta roma, con una palanquita que actúa como amplificador mecánico. Ha habido reproductores para 2 minutos, para cuatro y mixtos, lo mismo que las máquinas.

 

Los primeros cilindros son de cera y de dos minutos, los últimos de celuloide y de cuatro. Los cilindros se graban en profundidad, al contrario que los discos posteriores, cuyo surco es lateral.

Se comercializaron distintos pabellones o trompetas, cónicas, de pétalos, curvas y rectas, de cartón, de metal y de madera, las pequeñas montadas directamente sobre la tobera del reproductor, las grandes suspendidas por pequeñas “gruas” articuladas en la caja, o apoyadas en la mesa o en el suelo. La música también se podía escuchar “en privado” a través de una especie de tubos flexibles, como los de la parte alta de un estetoscopio.

 

Hay un elemento único en estas grabaciones que le pone a uno la piel de gallina: los cilindros eran imposibles de duplicar con la tecnología de la época, lo que significa que todos y cada uno de los que han sobrevivido, son grabaciones directas del original.

Se disponían 30 o 40 máquinas en semicírculo alrededor del intérprete, y se registraban otros tantos cilindros. Luego se repetía la operación varias veces hasta que el cantante, o el grupo, o la banda, se cansaban. De esta manera se colocaban en el mercado dos o trescientos cilindros. Si tenían éxito, se repetía la función. Las grabaciones son todas ellas ligeramente diferentes entre si, lo que las hace originales y únicas.

 

Les confieso que yo, hace años, la primera vez que escuché una de estas piezas después de haber restaurado la máquina, sentí una cierta impresión.

Existen registros de todo tipo: música ligera, música culta, cuentos, pasajes cómicos y hasta cursos de idiomas.

La razón principal por la que los fonógrafos fueron (en su momento) barridos del mercado, fue precisamente la capacidad de los discos de ser copiados a partir de una matriz original.

La calidad de las grabaciones en cilindro, sin embargo, siguió siendo superior a la del disco durante muchos años.

Edison siguió comercializando fonógrafos grabadores / reproductores para uso en oficinas, con carcasa metálica y motores eléctricos, durante varios años.

La máquina se llamaba Dictaphone, y usaba cilindros de cera más largos que podían ser "afeitados" para regrabar varias veces antes de tirarlos.

 

 

 

 

 

 

 

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